martes, 30 de septiembre de 2008

Alemania IV

Alemania ya llegaba a su fin y de destino final teníamos la ciudad de Múnich, pija y cara según los guías y ya que tiene la huella del diablo en una de sus iglesias, no esperaba menos, que yo al diablo no le veo vistiendo de mercadillo. Eso sí el Pinkie de allí tenia los precios mas baratos que el de Gran Vía de aquí. Aunque bien es cierto que inmortalizamos en foto unos zapatos que costaban la módica suma de 1217 euros. No, si sitios caros y pijos había, ya lo creo.
Múnich tiene un montón de sitios para ver y disfrutar y más si te gusta beber y comer. El sábado en el casco antiguo ponen un mercado de frutas y allí degustamos unas moras y grosellas silvestres enormes y bien baratas la caja a 80 céntimos, en Londres por la misma cantidad me cobraron ¡2 libras! Y estaban más ácidas…
Nos llovió torrencialmente un rato y fue curioso ver como consciente o inconscientemente el grupo se dividía, mientras nos intentábamos refugiar de la lluvia, Enrique y su “peque” por un lado y nosotros tres por el otro, con momento paparazzi cámara en mano intentando sacarles desde la otra punta de la gran avenida, lástima que el objetivo no daba para tanta distancia.
Pero sin duda la enseñanza más importante de Munich, yo diría que del viaje entero, fue que nunca debes mirar un mapa, mientras caminas y menos hablar hacia a tus compañeros que están en tu retaguardia, porque te puede ocurrir como a Rafa y darte de bruces con una farola para cachondeo de tus amigos y de unas abuelitas alemanas que pasaban por allí, que mira que las pobres intentaron contenerse hasta que nosotros rompimos a reír.
A lo Oktoberfest nos tomamos a las 11 de la mañana en una de las cervecerías más famosas de allí una jarra de cerveza, ¡la jarra era más grande que mi cabeza!. Aquello me pareció de lo mas alcohólico pero ir a Múnich para nada es tontería. Y de allí nos fuimos a comer a un restaurante, de lo más medieval, en los bajos del edificio gótico del ayuntamiento. Nos aposentamos en una salita resguardada de miradas. Parecíamos un grupo de conspiradores en aquel rincón.
Y por fin llegó e momento de las despedidas, en el aeropuerto nuestro grupo partía a Edimburgo y el resto de compañeros de viaje regresaba a Madrid. Enrique con la duda de si irse con su peque y perder la semana de Edimburgo y Londres. Hasta ahí llegaba su enamoramiento. En fin despedida emotiva de los dos amantes, nos esperaban días de mensajitos al móvil y suspiros.
Nos despedimos de los guías, muy majos ambos el que era español y ella que era alemana, desde aquí les deseo lo mejor.
Por supuesto de remate a Enrique otra del grupo le pidió el teléfono, ¿qué les dará?.
Y de Múnich tomamos rumbo a Edimburgo…

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